<![CDATA[RETALES DE MIS RELATOS DEL SENTIR - Blog]]>Mon, 23 Nov 2015 02:11:52 +0100Weebly<![CDATA[Sensación de culpa]]>Thu, 01 Oct 2015 20:19:37 GMThttp://retalesdemisrelatosdelsentir.weebly.com/blog/sensacion-de-culpa
​-Sí -murmuré-. Cierto es, que hay escenas que regresan a tu consciencia cuando “salta la chispa”.
Crees que dejas el puzzle deshecho; metido en su caja; y a la caja en el desván de tu mente. Incluso, crees que en el rincón más alejado y escondido; para que se cubra con una espesa capa de polvo y ni reconozcas lo que allí pudo haber. Pero de repente, alguien dice algo; algo ven tus ojos; o algo perciben tus sentidos, y sorprendentemente, tu mente encuentra la polvorienta caja, y a velocidad de vértigo, monta el puzzle como si hubieses nacido ya con él; y te reta a enfrentar el recuerdo; sin paños calientes; a traición: ¿aún duele campeona?…  Así se comporta mi mente -dije, intentado “controlar”, como siempre….

La cara de Carla se contrajo, contrariada. Estaba claro que no esperaba ese comentario tan “intimo”. Después me preguntó:

-Y… ¿duele?

-Ya no es dolor. Es la fea cicatriz -contesté ya sin sentimiento.

-Ya… Pero Bea ¿me lo vas a contar? 
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Carla me lo había dicho mirándome entre prudente y suplicante. Y no la hice esperar. Realmente, no me costaba un ápice contárselo. Nuestra conexión era total, y en poco tiempo sabíamos más la una de la otra, que sabían de mí otras personas que conocía de toda la vida. Sorpresas del camino… -pensé-.

-¡Claro! Tampoco será nada nuevo. Nada que no hayas escuchado ya de muchas otras mujeres; o que quizá hayas presenciado de lejos; o de cerca… -¡Ohhh, espero que no! -dije de inmediato, pensando en que aún no nos habíamos contado toda una vida; de hecho apenas nadie sabía lo que le iba a comenzar a contar. -Pero vamos -proseguí-, cuando se conoce a quién lo ha vivido, se siente de otro modo -dije, -tratando de emplear un tono de desenfado; pero ni yo misma me lo creí-.

-No le restes importancia antes de empezar Bea; ¿para que ibas a esconder la caja sino? -me dijo Carla con ironía, y sin duda, intentando seguirme el juego con el tono de desenfado que yo trataba de imponer. Ella sabía que así era más fácil.

Nos miramos y nos reímos. Con complicidad en todos sus gestos, Carla se sentó frente a mí y me brindó toda su atención.

-Pues mira, así tenía que sentarme yo, -día si, y día también-; frente a su mesa de despacho; en una de las dos sillas de conferencia -como él las llamaba-. Una de sus fórmulas era: ¡Bea! Ven y siéntate. No te quejarás de tu jefe, ¡que te llamo para charlar y que descanses!. Yo trataba de decirle -aún a sabiendas de que era inútil- y eso si, con mi mejor sonrisa, que tenía tareas a punto de terminar; que me faltaba hacer una llamada; o que no me cuadraban las cuentas…; pero ninguna excusa me salvaba de la silla. El, con un tono más elevado, y también sonriendo, decía tajante: ¡Ya lo harás!. Al principio, elegía la última media hora de la jornada para “esos momentitos”. Después, simplemente cuando le apetecía. -Hice una pausa, echándole humor con una sonrisa, y continué-.

-Después, él comenzaba su charla, que podía ser de cualquier cosa.  Del  trabajo  en la rectoría -la menor de las veces-; de pasajes de su pasado; de discusiones familiares; de que a su mujer no le había dado nunca tarjeta visa para que no gastase; de que sus amistades en el fondo le envidiaban, pero que él era paciente; de su amigo Eduardo; de que si en su adolescencia había tenido problemas sexuales ….. -Esto último lo dije rápido, como pasando de puntillas.… Intentando no cambiar el tono de mi relato… pero quizá más precipitadamente de lo que hubiese querido, porque … Carla me interrumpió.

-¿Qué? ¿tantas confianzas se tomaba? ¿y tú lo veías normal? - me miraba sorprendida.

-No -contesté sonriendo, -no quería anticiparle la tensión, antes de tiempo-. Realmente, yo me limitaba a escuchar. A escuchar y observar. Y por eso, y aunque te parezca extraño que te lo mencione, se me quedó grabada para siempre, la forma que tenía su dedo meñique.

Carla me miró curiosa, y las dos nos echamos a reír, con sonidos de todo tipo. Proseguí:

-Si Carla; era asqueroso. Me recordaba totalmente la pezuña de un cerdo. Tenía la mano como el resto de su cuerpo, “con exceso de materia”, -recalqué con ironía-; pero ¡aquel dedo!… con la uña rodeada de una carne que la oprimía y la ahogaba; una carne lustrosa que brillaba con avaricia y que ejercía su dominio sobre la uña, además, menos recortada que las del resto de la mano…. ¡¡Qué asco Carla!! Pero si te digo la verdad… mirarle ese dedo era como una especie de triunfo, porque me recordaba que por mucho poder que el creyese tener sobre mi, él tenía un meñique de cerdo.

-¡Que tía! ¡Qué tremenda eres! Seguro que la historia es dolorosa por más que digas, y me la cuentas así. ¡Ya sé! Me estás situando en la escena con pequeños-grandes detalles…..  -Volvimos a reírnos-. Sigue, sigue -me animó Carla-. Seguí:

-Pues yo empecé a ir con pies de plomo, porque las charlas se convirtieron en confidencias. En poco tiempo supe el nombre de todos sus conocidos y familiares. Y tengo que reconocer, que incluso consiguió despertar mi curiosidad, y hasta llegué a preguntarle por el desenlace o el estado de según que cosa me contaba. Supongo que formaba parte de su estrategia de acercamiento. Supongo no; lo sé. Siempre me estaba repitiendo la gran confianza que yo le transmitía. Lo bien que se sentía…  El caso es que un día, “a primera hora”, ya me llamó, y me dijo
como si tal cosa: ¿Sabes Bea? Esta noche he soñado contigo. Fíjate que sueño más raro. Resulta que tú estabas sentada en una gran silla de madera; espectacular. Era un trono. Y yo veía que tenías el “sostén” -y aunque apurada y sorprendida, aún pensé: Dios mio… sostén.. parece del siglo pasado- colgado del pomo que coronaba uno de los laterales del trono, pero por más que yo me esforzaba, no podía verte el pecho; sólo podía verte del pecho hacia arriba; no tenía explicación… ¡Qué angustia de sueño; querer y no poder!.

-¡Qué cerdo! Está claro por donde van a ir las escenas Bea. ¿Y como le plantaste cara? -En el rostro de Clara casi se adivinaba el ansia-.

-Estaba abochornada y afectada por el atrevimiento, pero reaccioné fingiendo una madurez que superaba con creces a la que realmente se alojaba en mí por aquellos días; sonreí, y le dije algo así como.. ¡Menudo sueño!, y me levanté. El, pendiente de mi reacción, me dijo: ¿Dónde vas? -por supuesto, haciéndome ver quién daba allí el permiso para mover una pestaña; y yo, sería, muy sería, le dije: ¡A trabajar!. Supongo que fui convincente, y también, que él no quiso precipitarse en algo para lo que le sobraba el tiempo, y además le divertía tanto.

Hice una pausa de breves segundos, para tomar conciencia de lo que quedaba por contar; y tomando aire, le dije a Carla:

-Y a partir de aquí las escenas van empeorando, sobre todo la última de la primera temporada. La última… en la que todo mi ser se convulsionó, pasando en segundos, de sentirme infinitamente minúscula, a sentirme empujada por mi propia necesidad de defensa, con toda una fuerza desconocida. La fuerza que también empujó la mano del meñique asqueroso, de un modo tan violento, que creí que desaparecía mi propia mano en el impulso. No recuerdo bien que dije entonces, pero… ¿sabes qué? En esos momentos comprendí la sensación, confusa y atroz, de la culpa que sentimos las mujeres. De la culpa de todas las historias de mujeres que ni siquiera oí. Porque Carla…, la culpa refleja la mancha que ha traspasado las fibras de tus tejidos. Los tejidos de tu sensibilidad, de tu dignidad, de tu ser. La mancha que ha estado. La que ha impregnado el núcleo más interno de tu ser. La que nunca se irá. La que agredió; la que fue. La escondes y la cubres; la ignoras; pero fue y está. Y si yo paré el golpe Carla, y aún lo   cuento así ¿te imaginas otros casos…?

A Carla se le arrasaron los ojos de lágrimas al percibir aquel sentir mio, tan inesperado, después de tanto intento por ironizar. Sabía que yo no mostraba mi interior, así como así…. Me dijo:

-Ahora estoy comprendiendo tu fuerza Bea -me lo decía con un hilo de voz-. Siempre con humor, siempre animando y derrochando empatía…  ¡y con tanto sentimiento en tu interior!. Sigue contando, por favor.

-Ya sigo Carla, ya sigo; pero ahora mucho mejor. Ahora te contaré sin el peso de lo ya contado. Te lo contaré desde la frialdad. Como mera espectadora; así sabrás que cabr…….

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<![CDATA[Sensación de plenitud]]>Sun, 20 Sep 2015 18:53:53 GMThttp://retalesdemisrelatosdelsentir.weebly.com/blog/sensacion-de-plenitud
No recordaba otro verano como aquél. En esos momentos, la ambulancia se llevaba a otro de los participantes. El golpe de calor, unido a los nervios de la competición, habían supuesto la perfecta combinación para ponerle la mascarilla al pobrecillo. 

Estábamos allí porque la reina de la casa, mi pequeña Sara, también participaba en aquel torneo. El papi disfrutaba tanto o más que ella, porque siempre ha vivido el deporte como si no hubiese mañana. Igual da si es futbol, remo, fórmula uno, hípica… de todo entiende y a todo le da. A mi hijo Jaime y a mi sin embargo… se nos apoderaba el calor y todo lo que eso conllevaba.. nos ponemos irascibles, sufrimos de muy mala leche, “podemos arañar, vamos…”. Y el ratito que la vemos participar a ella, pues vale ¡pero el resto de horas! buffff…….

Desde que habíamos llegado el día anterior no habíamos hecho otra cosa más que sudar sin parar. En el hotel habían tenido una avería y el aire acondicionado no funcionaba. Si abríamos las puertas que daban al balcón de la habitación, el ruido del tráfico venía a instalarse con nosotros para atormentar aún más nuestra ya agotada paciencia. Toda nuestra conversación era de malestar y protestas. Para dormir, hasta llegamos a colgar toallas mojadas enganchadas improvisadamente de aquí y de allá, para ver si con el aire del ventilador se refrescaba un poco el asfixiante ambiente, ¡pero nada!, a sudar y no dormir. Al menos mi hija se alojaba con el resto del equipo, y no sufría aquel contratiempo. 
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El caso es que al día siguiente, sin haber descansado, y sudando inmediatamente después de salir de la ducha, nos preparamos mentalmente para soportar otro largo día de irritante calor. En cuanto acabaron las competiciones de esa mañana, nos reunimos con la peque para buscar un sitio para comer. No podíamos ir muy lejos, ni visitar alguna localidad cercana como nos hubiera gustado a Jaime y a mí, porque había que regresar para ver competir al resto de participantes del equipo.

Increíble, ¡que tensión!. Sara enfadada porque no había conseguido medalla. Mi hijo enfadado porque estaba harto de esperar y de sudar -yo lo entendía…-. Yo agobiada de escuchar malas contestaciones y con ganas de quitarme todo. Alberto, mi marido, aún peor de vernos a todos alterados. Y así subimos al coche… Un completo caos de estado de ánimos. Al poco de ponernos en marcha Jaime nos sentenció: -¡Conmigo no contéis más!, al próximo torneo yo no iré. ¡Os aviso con tiempo!-. Sara, entre triste y enfurecida, contestó como cabía esperar: -¡Pues mejor que no vengas!, total ¡para tener que soportarte!-. 

¡Guau! Supongo que estas situaciones son comunes en todas las familias pero… era tan escandalosa la tensión, que Alberto paró el coche porque aquello no había manera de sosegarlo. Era preferible ir a por unos bocadillos y unas latas, y comerlos en el parque que rodeaba el pantano, que montar un espectáculo en cualquier restaurante. Incluso quiso ir solo a comprarlos; ya no queríamos ni mirarnos la cara entre los cuatro. 

Mientras esperábamos en el coche con el aire acondicionado a tope, puse la radio y…. ”voilâ”….    

porque hueles a tierra
porque sabes a hembra
cuando nadie nos vea sube al desván
cuando nadie nos vea sube al desván
…….
Una canción de Victor Manuel que me abstrajo, sorprendente y rotundamente, de todo lo demás. Mientras sonaba, todo mi ser sentía y escuchaba aquella poesía; el resto de sonidos, discusiones… se habían perdido en alguna parte. Recuerdos y sensaciones se apoderaron de mi mente. Esas sensaciones que a veces tratamos de resucitar en vano en nuestra memoria ¡ahí estaban!, nítidas, embriagadoras. ¿Qué percibía yo? ¿pasión? ¿excitación? ¿la vida resumida en puro erotismo con aquellas palabras? De repente ya no sentí malestar, ni mal humor, ni odio irracional contra todo. No. Disfrutaba de golpe y porrazo de una cura de energía balsámica. Como cuando te sorprendes ante la visión de una catarata en pleno paisaje paradisiaco, que sólo destila belleza y frescor. Con una sensación de alegría súbita que sólo se puede traducir en ganas de vivir sin perder un segundo. ¡Qué subidón! ¿así por escuchar una canción?. Eso sí, ¡que canción! mi querido compositor asturiano, ¿qué tienes dentro para escribir letras tan maravillosas?, -pensé-.

Me giré y asomándome entre los dos asientos, les dije a mis hijos: -¡Estamos desperdiciando el día; el comienzo de vacaciones; el sentido y el objetivo del torneo; nos estamos desperdiciando a nosotros!-. Mi hija me miraba como si acabase de ver una jirafa verde. -¿Qué te pasa?, ¿qué dices ahora?- me dijo. Pero cambió la mueca y la voz en la segunda pregunta. Creo que mi tono y mi sonrisa ya habían transformado el ambiente. No sé cómo, pero igual que la canción me había transformado a mi, algo de aquello se había desviado a los asientos de atrás…

-Vamos a salir del coche y esperaremos a papá en la arboleda de enfrente, que parece que hasta corre un poco el aire-, les dije. Aunque increíble, no opusieron resistencia… Cruzamos y fuimos a los bancos que había junto a los chopos. De pronto el calor ya no era sofocante.. ¿magia?..

Si en algo puedo identificar maravillosas cualidades y facultades, como son la nobleza, la libertad, la grandeza, y la verdad, es en los árboles. De niña mi madre me trasladó la admiración por los sauces llorones, aún lo sigue haciendo. Cuando veo uno, siempre me sorprendo de su elegancia. A pesar de asociar sus desprendidas ramas con una inmensa tristeza, se me antoja que es parte de su belleza, y que es una tristeza elegida. El chopo al contrario, me transmite una alegría pícara. Sus hojas siempre hablan. Acompañadas por el ritmo del aire, susurran, tintinean cantarinas, o aceleran nuestro paso con tanta fuerza, como sus ramas son sacudidas por el viento.

En ese momento, miles de hojas de chopo tintineaban cantarinas. Eran un puro espectáculo de matices de brillo y sonido. Cogí a mis hijos por la cintura y canturreé de nuevo la canción. Nos miramos sonriendo, y la sonrisa se transformó en risa, en risa tonta. Reír por reír. ¿Acaso sentían lo mismo que yo?, ¿o es que por mis poros se escapaba aquella magia?.

En una fracción de segundo, -ese efímero momento que quisiéramos retener y revivir eternamente, y que explica el sentido de la vida-, experimenté la sensación de que espacio y tiempo se detenían, sólo los árboles hablaban, y percibí algo grandioso. Sentí que me permitieron formar parte de su lenguaje universal. Sentí estar en otra dimensión. En la superior. En la de las emociones, en la del alma. Sentí la vida al desnudo. La vida sin más intención que el discurrir. Sin otra intención que formar parte del universo. Sin propósitos. Existir en plenitud. Aquella euforia humedeció mis ojos. Simple y llanamente, era paz. Paz pletórica. Momento intenso, fugaz, pero vívido.

Alberto ya llegaba con una bolsa. Nos miró en la distancia y algo cambió en su semblante. Sonrió. Nuestros ojos así lo esperaban, sonriendo, y ya se habían adelantado para contárselo. La alegría había cruzado la acera yendo a su encuentro. 

Ahora………..
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<![CDATA[Sensación de superación]]>Mon, 07 Sep 2015 18:53:26 GMThttp://retalesdemisrelatosdelsentir.weebly.com/blog/sensacion-de-superacion
Hacía frío. ¿O era mi alma atormentada la que estaba exenta de calor? Notaba ese vacío inmenso en el que no existe paz de espíritu. Sólo frío, dolor, soledad. ¿No era preferible estar dormido? No sentir…

Me había envuelto en una manta y estaba en el balcón de la cocina. No sé, si para huir de las miradas de mi familia, o para huir de mí mismo. A pesar del frío que sentía, deslicé lentamente la ventana de aluminio que cercaba el balcón; esa presión del pecho me hacía buscar el aire. Que silencio. Normalmente, por esa calle el tráfico era la norma. Ni un coche en movimiento. Ni un solitario transeúnte. Ni un gato en los contenedores de basura. Ni una tenue presencia de aire. Todo estático. 

La tarde ya se agotaba, y la luz del cielo se empobrecía. El tono gris azulado no transmitía matices; no decía nada; estaba mudo y también sordo. “También, me devolvía indiferencia”. El mundo me ignoraba. Me pesaba el alma. Era lo único capaz de sentir.

Mis ojos se detuvieron en el coche que estaba aparcado justo debajo. Modelo antiguo. Pequeño. Desgastado. El color desvaído. Sobre todo, el techo desvencijado por el sol. Seguramente habría sido rojo y ahora no llegaba ni a un macilento naranja. “Era mi réplica inanimada”. Ahí estaba yo. Otra burla más….  ¿Hasta lo exánime iba a humillarme? ¿Todo cuanto me rodeaba se había confabulado para que me sintiese una víctima? Víctima del desprecio, del desdén, del ninguneo……..
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Nunca me había percatado, pero ¿cómo podía ver el asfalto tan cerca? Estaba allí mismo, bajo mis pies, al alcance de mis dedos. Mi percepción de espacio había cambiado, no sólo estaba sordo y mudo, también estaba mostrándome otra cara. ¿La real o la irreal? Mi mente difusa, aturdida. ¿Sería que ya estaba tan cansado que mi cerebro asociaba cualquier planicie horizontal con el abandono al sueño? A la inconsciencia. A desconectar de la realidad. ¡A dejar de sentir!.


Paralizado. Helado y con sudores fríos. No había sido consciente hasta ese momento, pero sudaba y mis sienes habían emprendido un martilleo acelerado muy molesto. De alarma. Tocando la campana de auxilio para quién le quisiese escuchar. La presión del pecho. Aquel lacerante dolor metafísico. Mi respiración se agitó, e instintivamente retrocedí un paso, después otro y otro…  Solté la manta, me temblaban las manos.

Inmediatamente me autocuestioné. ¿Que demonios hacía? ¡Me estaba pasando de la raya! Una cosa era sentirme desgraciado y herido, motivos tenía…, pero aquel mal juego… ¡ese no era yo!.

A mi memoria acudió en defensa, la imagen de mis padres hablando con el director del colegio al que había comenzado a ir, tras un traumático traslado de ciudad. El les había dicho: “No se preocupen por su timidez, en dos días he visto que tiene un amor propio que no le dejará ser débil”. Ya entonces me gustaba la leyenda del ave fénix. ¡Y pensar que se me había olvidado justo en aquellos momentos!.


Quizá es necesario que ¡duela tanto! para que exista esa reacción de rebeldía. Para que la esencia de tu ser se active y renazca con las fuerzas necesarias. Porque mi esencia es la del ave fénix. Sus cenizas ya habían caldeado mi ser; controlado mi respiración y mi mente; ya no estaba confuso. Si…. No podía abandonar la confianza en mi; tan leal me había sido siempre. Que mi dolorida alma hubiese confundido el renacer de mis cenizas, con sentirme vencido y derrotado, ¡sería algo de lo que aquellos que esperaban presenciar lo segundo, jamás se enterarían! Y ahora que me estaba recobrando… casi tenía prisa y ansia de superación. 

Siempre había sabido esperar. ¡Siempre!. En la espera se traza el camino. Se desarrolla lo útil, lo necesario, lo importante….

Y entonces, amigo mío ¡comencé a trazar!. Sin parásitos, sin ……..

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<![CDATA[Comienzo]]>Tue, 01 Sep 2015 21:45:24 GMThttp://retalesdemisrelatosdelsentir.weebly.com/blog/comienzo
En esta mi primera entrada, os cuento ¿por qué este blog?  

PARA VIVIR, SENTIR

Porque sentir es el verdadero fundamento de la vida, es en sí su significado. Sentir es existir.

¿Y que sería del sentir sin compartir?  ¡Pues vamos a contarnos "vida" en este blog!. Porque leyendo relatos del sentir "se revive", "se ríe", "se sufre", "se recuerda", "se renace", "se motiva", "se siente".....

​¡Se vive!
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​¿POR QUÉ RETALES?

​Retales... porque son "retazos" extraídos de relatos que en su día escribí, y que ahora quiero compartir. Momentos de sensaciones puras. Sensaciones que nos hacen iguales, porque el alma no tiene máscaras.


VAMOS A CONTARNOS "VIDA"

Porque seguramente algo de lo que leas tocará tu fibra, y te gustaría añadir en algún retal, ese matiz, o esa otra versión, que potenciaría el color de ese sentir. Los retales estarán vivos. Expresando sentir.

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